Mis primeros cinco años los hice como instalador en una de las empresas más reconocidas de
Bogotá, de esas que atienden obra grande: edificios de vivienda donde había que montar
hasta diez divisiones de baño en un solo día. Ahí, a punta de volumen y de obras
contra el reloj, aprendí lo que de verdad importa: medir bien, resolver rápido y dejar el
trabajo impecable a la primera. En obra no hay segunda oportunidad; si el vidrio llega mal,
la obra se para.
Hace siete años me independicé y armé mi propia empresa. Hoy yo mismo instalo, junto a un
equipo de técnicos con mucha experiencia en vidrio templado, desde nuestro taller de la
Calle 65 #17-35. Fabricamos cada división a la medida exacta de la ducha,
porque —se lo digo de frente— no hay dos baños iguales en Bogotá.
Esa velocidad que traigo de la obra es la que hoy permite que, cuando el proyecto lo permite,
instalemos de un día para otro. Y es también la razón por la que no pedimos abono: si el
trabajo se hace bien y rápido, el cliente paga con gusto cuando ve el baño terminado.